Invención

No es verdadera la trama de la noche.

No es realidad lo que de ella dice el día.

No es verdad este cuento…

 

no es mentira esta palabra.

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Liminar

Contaba historias de sonidos irreales. Contaba llaves, silencios, alfileres. Contaba las horas y contaba estaciones, pequeños temblores a los que llamó deseos. Una época se contó a sí mismo; al derecho y de atrás para adelante, uno a uno los movimientos hasta el final de los latidos. Pero olvidó contar la serie que va del umbral a lo profundo, de su voz a lo insondable.

Contó su olvido y al llegar a la tercera orilla se supo solo, innecesario: su mirada era la cifra de la Eternidad.

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[...]

A los lectores de este blog muchas gracias

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Puto el que lo lea

“Puto el que lo lea”, sentenciaba aquella puertita laminada. “Pues yo nomás aquí descargando la tristeza”, comenté para mis adentros —en ese momento estremecidos— tan sólo por contraponer un pensamiento a aquella frase. “Me llamo Vilma Madero/ y me gustan las panochas”, insistía la puerta amarillenta cuya orientación sexual ahora se tornaba indescifrable. “Cogito, ergo sum”, le contesté. “Te Cogito tu culito” “Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea”, ¿cómo te quedó el ojo, puerta? “El culito de tu jefa” “Medallas para el pelón” “El pelón con suelas de hule” ¡Vaya, tres a la vez! Aquí te va ésta: “Todo te lo tragaste, como la lejanía, Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!” “Si quieres crecer fuerte y sano, cómete el pájaro que tienes en la mano”, reviró dos días después. “O atízate temprano” “Con tus pedos” “Aquí no es cantina pero cómo salen pedos” “Los raudos torbellinos de Noruega” “Aguas con los vientos colados” “Molino de viento/ Molino de asiento/ Molino sangriento/ Molino sudoriento/ Molino de asiento del viento”. Creo que con esto será suficiente para silenciar a esta puertucha, pensé. “Que con esa música te entierren” “A la larga te acostumbras” “Comes y te vas” ¿Qué se proponía con tal discurso fragmentario?, ¿confrontarme ante el abismo de mi Yo escindido? La puerta pretendía, sin duda, confundirme. “Prieta de pechos caídos busca amante fajador” “La que aprieta en el calzón” “Piramidal, funesta… de vanos obeliscos punta altiva” “Es prima de éste” “Capto la seña de una mano, y veo que hay una libertad en mi deseo” “Ni dura ni blanda” “Ni dura ni reposa” “A veces me dan ganas de orinar…” “…pero las suple el mar” “Más chingón que yo, ¿Quién?” “Yo es otro…”

 

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Yo

silbido arrugado en la nuca
de una sombra
que es reflejo
o intuición
recuerdo
gota

fantasma del sonido
que llegué a ser
eco del otro
xxxxdel otro
xxxxxxxxxxxque soy
cuando no existo

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“I can’t stop loving you”: acerca del dolor y su discurso

Una canción, un viejo amor, un recuerdo…

¿Dolido? “Imaginándose muerto, el sujeto amoroso ve la vida del ser amado continuar como si nada hubiera pasado”. Así comienza una de las alocuciones que integran los Fragmentos de un discurso amoroso, de Rolan Barthes. Y así, dolido, es como se manifiesta el ánimo luego de que el desengaño ha posado su diestra maldita en la felicidad; cuando lo que parecía eterno es llevado a no sé dónde por todos los diablos, en aquello que los más serenos acostumbran nominar “ruptura”.

El amor es todo un evento. Pero más lo es cuando su final nos cae encima de repente, aplastándolo todo, destruyendo los momentos que considerábamos infinitos. “Dicen que el tiempo sana a un corazón roto, pero el tiempo se ha detenido desde que nos separamos”, dice la canción, esta que recoge del piso las astillas, los fragmentos de un sueño, para hacerlos “discurso”.

El dolor es una gruta sin fondo que no recorremos, sino que entrañamos. Somos, luego de la ruptura amorosa, una oquedad sin nombre, una tumba en el olvido. Estamos habitados únicamente por fantasmas y, a la vez, vivimos en la región etérea del pasado. “No puedo dejar de amarte”: el dolido se resiste, y no es que luche o contradiga la verdad en las narices, simplemente sus impulsos no le pertenecen; no se pertenece a sí mismo; nada posee; nadie lo salva.

“I can´t stop loving you”, obra de una inspiración country, reciclada por el blues e inmortalizada por el “vidente” de Georgia, Ray Charles, es una canción abandonada, como el cementerio al que nadie asiste salvo cuando hay un muerto allegado. Esto quizás se deba a que guarda, mejor que muchas, todo el amor y el desconsuelo simultáneamente, esa mixtura de arrebatos que el triste alberga y siente revivir en él, una y otra vez, al escucharla. Corrijo entonces: es un cementerio visitado solamente por los desesperados del amor.

Un ritmo lento, como una cadencia de agua en un estanque oxidado, abre los primeros compases a cargo del contrabajo y los platillos. Todo ello precedido de un coro femenino que sugiere la presencia lejana de la amada. “Es inútil decir que he decidido vivir en la memoria de los tiempos solitarios, así que sólo viviré mi vida en los sueños del ayer”; de esta manera rezan las primeras líneas por cuenta de una voz que por sí misma es ya desgarradura. La orquesta solloza entre los versos. La armonía es atravesada por el hilo del piano que teje y articula el sufrimiento, las quimeras del dolido. Sin embargo, ¿qué significa el lamento lírico si ella, el ser amado, no lo escuchará jamás? Quizá se trata —para retomar nuevamente a Roland Barthes— de la autoproyección hacia la muerte.

Ese imaginar que se desaparece sin que nada cambie en el contenido de la existencia del otro, así como sumergirse en la infinita tristeza que ello implica, es precisamente lo que brilla en esta canción, lema y consigna de los atormentados; ese instante siniestro de la imaginación que llora su discurso roto frente a la indiferencia, o en el mejor de los casos, frente a un espejo vacío.

Un recuerdo, una antigua herida, un deseo… después de las palabras y la música, sólo queda la nostalgia.

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Fragmentos de un recuerdo

A Dayana

Ella fuma. Ella se mira; se disfraza de luz. Depila con su tacto los pulmones, los restos de respiración que se me agotan. Ella es un hilo de agua por mi frente. Canta. Se desnuda.

Miré el revés de su piel: también era morena de ese lado, como la nota definida por el timbre de su voz. Era una voz aguda pero amable, que decía mi nombre lentamente en la soledad de un cuarto, en el olvido del día, a la sombra del año.

Mil novecientos noventa y siete es un abrazo de mujer delgada cuyo muslo huele a frío. Agosto sabe a nieve; el otoño es un recuerdo ensangrentado. Ella se viste en el espejo de mis brazos. Me arrastro bajo la cama; junto al desamparo de sus botas, me deslizo roto.

Miré el revés de mi sangre sin ella: también era una sombra. “¡Cómo no inventan una cámara de sensaciones, donde una pueda arrodillarse y pensar en Dios!”, dijo. Y conté una por una sus vértebras y puse una ilusión ahí, en su horizonte.

A través del vidrio, el cielo tiembla. Los pájaros de noviembre llueven su grisura, su estallido polvoso en la memoria de los viejos. Como tiza blanca, el vuelo deja su impronta más allá de la ventana. Toda ave resulta una contradicción. Ella extiende su abrazo de recién crucificada. Algo afirman sus cabellos. Ella escribe. Ella dice…

Entonces besé la punta de su pie; su ritmo oscuro. Y su pecho de lumbrera me llegó hasta la garganta. La miré desde lo alto, al nivel de la cornisa, como si fuera yo una de las mil lámparas de aquella habitación. La sentí bajo mis palmas. Su grito fluyó en mí como relámpago.

Ella se apaga. Cierra los ojos en mi insomnio. Es una cara sin boca, un cuerpo tendido. Ella canta en mí con su ventriloquia.


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